El libro “Viajes” de Ángel Campero Calderón, escrito en 1923 y conservado únicamente en versiones mecanográficas que nunca llegaron a imprenta ni al mercado editorial

Jorge Orozco Flores, colaborador La Voz de Michoacán

  • Llegado el momento oportuno, Mussolini llama a las armas y moviliza su ejército hacia Roma

Ángel Campero Calderón

(Roma, 1922)

En las páginas olvidadas de la literatura michoacana del siglo XX yace un testimonio prácticamente desconocido: el libro “Viajes” de Ángel Campero Calderón, escrito en 1923 y conservado únicamente en versiones mecanográficas que nunca llegaron a imprenta ni al mercado editorial. La sucesión familiar del autor mantiene registrados los derechos de autor.

Este repaso, en clave de crónica, recupera el periplo europeo y americano que Campero narró con elegancia reflexiva entre el 3 de julio de 1922 y el 2 de enero de 1923 —desde Morelia hasta Roma, París, Londres, Madrid, Nueva York y de regreso—, con especial atención al día en que presenció la Marcha sobre Roma de Mussolini y sus camisas negras.

Este texto se basa en la tesis de licenciatura de Alfredo Carrera López, “Ángel Campero Calderón y El Liceo Michoacano” (a su vez, inédita), que rescata la figura y la obra de este moreliano que no merece el olvido.

Por razones de espacio, aquí se enfoca exclusivamente en su viaje transatlántico, dejando fuera otros capítulos esenciales de su vida y producción, como su relación con el conflicto cristero y su fe católica inquebrantable.

Campero Calderón, “Viajes” (1923)

Ángel Campero Calderón permanece como una figura singular: abogado, notario público número 5 de la capital michoacana, escritor y custodio de la cultura local, nacido en Morelia el 9 de enero de 1893. Hijo de un propietario rural y comerciante, Ángel Rafael de la Luz Campero Calderón, y de la profesora Trinidad Villaseñor, creció inmerso en una familia católica de profunda tradición.

Aunque inició su producción literaria con crónicas y prosa —“Viajes” (1923), “Homenaje artístico” (1919), “Ocios panatenaicos” (1924), “Ecos de la guerra santa” (1926)—, su voz poética surgió tardíamente, en 1923, con un soneto dedicado a una reina de fiestas patrias.

En “Viajes”, Campero Calderón despliega un relato íntimo y observador de su periplo europeo y americano, teñido de melancolía, admiración cultural y meditación católica.

El libro, en espera de editor, se convierte en un espejo elegante de un México de hace cien años que mira al Viejo Continente con ambición y nostalgia.

A continuación, el viaje se desenvuelve en sus propios capítulos, narrados con cadencia y detalles sensoriales propios de un cronista refinado: un michoacano que midió su provincia contra el vasto mundo.

Capítulo Primero

La partida de Morelia, el 3 de julio de 1922, se tiñe de una tristeza inevitable, esa que acompaña a quien abandona a los seres queridos en busca de horizontes lejanos.

El objeto del viaje es claro: enriquecer el espíritu a través de la observación directa del mundo, corroborar los libros de historia y geografía con los ojos propios.

Campero parte hacia Europa.

Una noche en Acámbaro sirve de umbral, seguida de las primeras impresiones vibrantes de la Ciudad de México, donde los pegasos, las estatuas y un ballet sobre hielo anticipan una urbe destinada a convertirse, en medio siglo, en el París de la América Latina.

Se inicia la travesía atlántica, marcada por una cuarentena en La Habana: a los tres días de navegación, aún en julio de 1922, arriban a Cuba y permanecen un día sin poder desembarcar, un interludio forzado que añade un toque de impaciencia al viaje.

Zarpa de Cuba rumbo a Europa, y el encanto de días en alta mar entre pasajeros distinguidos comienza a desplegarse. Figuras como el simpático Souverbille, Madame de Milo y la señorita de las piernas desnudas animan la cubierta.

La Coruña, Santander y Saint-Nazaire dejan impresiones fugaces; los trenes europeos revelan su precisión, y el camino hacia París culmina en la llegada triunfal a la gran ciudad, donde la permanencia principal —de más de quince días a partir de agosto de 1922— marca el inicio efectivo del recorrido europeo.

Capítulo Segundo

París se revela como el cerebro del mundo y la ciudad de la luz, un espacio donde la dulzura de las iglesias contrasta con la grandiosidad de sus monumentos; allí Campero, en su estancia, se sumerge en un torbellino de impresiones que lo dejan maravillado.

El Louvre, palacio y museo por excelencia, guarda tesoros como la Venus de Milo y la Gioconda; sus subterráneos evocan el recuerdo inquietante de Catalina de Médicis, un eco de intrigas palaciegas que resuena en la mente del viajero michoacano.

Otros museos, el salón de los espejos del museo Grévin, el teatro de la Ópera con la representación de Fausto, los teatros populares, los cines y los comedores públicos completan el panorama cultural: un tapiz de arte y entretenimiento que Campero devora con avidez católica, encontrando en cada esquina un contraste con su México natal.

El restaurante Maxim’s despierta recuerdos de La viuda alegre, mientras el bar Tabarín, el Molino Rojo y las tabernas del Cielo y el Infierno ofrecen diversiones nocturnas que escandalizan y fascinan a partes iguales, revelando una "liberación femenina" que lo sorprende en cada encuentro.

Paseos por el Bosque de Bolonia, los jardines de Luxemburgo y las Tullerías, los parques de Monceau, Montsouris y las Colinas Chaumont conducen a pensamientos sobre monumentos que sintetizan civilizaciones: la Torre de Babel, el Coloso de Rodas, el Laberinto de Creta, las pirámides de Egipto.

Desde la cima de la torre Eiffel, París se despliega en una visión fantástica, casi onírica; un panorama que el autor compara con la vastedad de su propio país, rico en recursos, pero aún retrasado en el progreso urbano. Aquí, en la capital del mundo, su fe católica encuentra consuelo en iglesias respetadas, un bálsamo ante las tensiones religiosas en México.

Capítulo Tercero

Las agencias de viaje, particularmente la casa Bourgeois, facilitan excursiones a Versalles, Fontainebleau y Vincennes, además de las carreras de caballos, extendiendo la magia parisina antes de partir hacia nuevos destinos.

El contrato Cook para un viaje circular por Europa promete ventajas prácticas, aunque con ciertos inconvenientes, como la rigidez de itinerarios que Campero critica con su espíritu independiente.

La llegada a Londres, al hotel Belgravia, impresiona por la grandeza de la ciudad, comparada con París como el hombre frente a la mujer —una metáfora que captura la esencia robusta y pragmática de la metrópolis británica.

El Parlamento, la abadía de Westminster y la catedral de San Pablo revelan una desolación protestante que contrasta con el consuelo católico; una misa en Westminster y una procesión callejera ilustran la verdadera libertad de cultos, superior a la mexicana, un descubrimiento que alegra al viajero devoto.

La exposición católica, el ayuntamiento y los museos —superiores a otros— enriquecen la estancia, junto a los alrededores: Hampton Court, Stoke Poges, Eton (con sus costumbres viciosas que lo escandalizan) y Windsor, lugares que evocan una historia imperial lejana de su provincia michoacana.

La partida hacia Holanda marca el siguiente tramo, un puente hacia el norte europeo donde la precisión de los trenes contrasta con las desventajas que Campero nota en comparación con los mexicanos, más cálidos, aunque menos eficientes.

Capítulo Cuarto

En La Haya, la confusión lingüística cede ante la visita al Palacio de la Paz y Scheveningen, un respiro costero que añade frescura al viaje.

Amberes muestra sus curiosidades principales, mientras Bruselas, el pequeño París, deslumbra con su catedral, la Gran Plaza, el Manneken Pis y recuerdos de la emperatriz Carlota, un lazo histórico que conecta con el alma mexicana de Campero.

El abuso de un conserje y la jornada de huérfanos de guerra añaden notas humanas, toques de congoja por una Europa aún herida por la Gran Guerra.

En Colonia, una cena exorbitante precede a la contemplación de la catedral —la más hermosa del mundo, según él—; la ciudad sufre las huellas de la labor aliada, un recordatorio de la devastación que lo entristece, comparándola con el potencial progresista de México.

Basilea y Lucerna —con su león emblemático—, la ascensión nevada al Rigi Kulm y su panorama incomparable compensan el desatendido comedor del hotel, donde es prudente llevar provisiones, un consejo práctico que Campero ofrece con su tono experimentado.

El túnel de San Gotardo conduce a la hermosura del camino italiano y a la llegada a Milán, un umbral hacia el sur que acelera el pulso del viaje.

Capítulo Quinto

Milán, patria del baile clásico y cuna de estrellas del cinematógrafo, sorprende con el encuentro casual con Pina Menichelli, una estrella que añade un toque de glamour cinematográfico al recorrido.

Su catedral rivaliza con la de Colonia; el cuerpo incorrupto de San Carlos Borromeo, el pasaje Víctor Manuel y la Biblioteca Ambrosiana enriquecen el recorrido, un festín cultural que Campero degusta con admiración.

La Scala, el panteón y la Cartuja de Pavía preceden el trayecto hacia Venecia, vía Brescia y Verona —con ecos de Romeo y Julieta— y Padua.

En la ciudad lacustre, la basílica de San Marcos y el palacio de los Dux cautivan, aunque las serenatas resultan una ficción que desilusiona levemente.

Florencia despliega su catedral, San Lorenzo con las tumbas de los Médicis, la galería de los Oficios, la Pitti y la plaza de Miguel Ángel; lugares que evocan una ruta de la muerte —tumbas, criptas y cementerios— que fascina al autor con su morbosidad histórica.

Nápoles, Herculano, Pompeya, Sorrento, Capri y su gruta azul, el Museo Nacional y el acuario conducen finalmente a Roma, adentrándose en el corazón de Italia con una mezcla de asombro y valoración.

Capítulo Sexto

Testimonio de la Marcha sobre Roma, en octubre de 1922. Campero fue testigo directo de "aquellos días de octubre de 1922", cuando Benito Mussolini y sus camisas negras entraron en la ciudad: “Deseoso de entender algo de aquellos asuntos —escribió—, me fui a la plaza del Popolo, en donde una multitud inmensa presenciaba la entrada de más de ochenta mil jóvenes que, con camisas negras, pistola al cinto y bastón en mano, hacían su entrada triunfalmente a la ciudad en medio del júbilo y las aclamaciones romanas” (p. 172 de la tesis de Alfredo Carrera López).

Describe la ciudad eterna vibrando con fiestas populares y un entusiasmo casi eléctrico, con miles de camisas negras movilizadas. Su perspectiva es de curiosidad mezclada con distancia prudente y católica: observa fascinado pero contenido, sin adhesión ideológica evidente. Detalla escenas violentas; el enfoque es en el ambiente de efervescencia colectiva y el contraste con la calma espiritual de los sitios religiosos.

La basílica de San Pedro y las iglesias patriarcales, la audiencia con Pío XI (tras rigurosos requisitos), el paseo arqueológico por catacumbas, Foro, Palatino, Coliseo, Panteón y castillo de Sant’Angelo, junto al museo Vaticano, las logias de Rafael y la capilla Sixtina, conforman el legado pagano y católico; un clímax espiritual que lo alegra al encontrar respeto por el clero, tan ausente en su México.

Pisa decepciona —catedral, baptisterio, campo santo, torre inclinada—; mejor evitarla, aconseja sin remilgos.

Génova impresiona con su calle de los palacios y una aventura con una dama, un episodio que añade picardía mundana; Niza, Montecarlo y las cornisas ofrecen vida común antes de la odiosa revisión en Cerbère y el gozo de pisar suelo español rumbo a Barcelona, cerrando el capítulo italiano con un suspiro de transición.

Capítulo Séptimo

Barcelona, la ciudad condal, revela su catedral, un encuentro con una gitana y el Tibidabo, iniciando una permanencia de quince días en España, desde finales de octubre hasta noviembre, un período que Campero vive con calidez mediterránea.

El largo camino a Madrid pasa por el Palacio Real, el relevo de guardia, museos con recuerdos mexicanos y el Retiro, evocando un espíritu progresista para su país. El Escorial evoca a Felipe II en sus tumbas reales y biblioteca, un sitio de muerte y conocimiento que resuena en su temática recurrente.

Córdoba decepciona por el abandono de la mezquita y la explotación de guías; mejor evitarla, afirma sin reparos.

Sevilla deslumbra con la alegría popular, su catedral suntuosa y el Alcázar morisco, un festín de usos y costumbres que lo enamora.

Cádiz lo recibe con su catedral y su custodia; el 30 de noviembre de 1922 embarca rumbo a América en un viaje de catorce días que resulta molesto y peligroso. Las tormentas del Atlántico reavivan en él los temores que sus criados le contaban de antiguo.

La proximidad de Nueva York alumbra un espectáculo nocturno, un preludio a la modernidad americana.

Capítulo Octavo

Nueva York, capital del negocio y el dinero, impresiona por su Quinta Avenida, Broadway, anuncios luminosos y museos, aunque con temores de plagio y un niño víctima de la calefacción, durante una permanencia de cinco días a mediados de diciembre de 1922.

El Parque Central, la tumba de Grant y la Nochebuena, con nueve grados bajo cero, preceden la partida a La Habana, marcada por niebla, ciclón y una cena infernal, arribando nuevamente a Cuba después de salir de Nueva York.

Llega a La Habana, explorando el Prado, el Vedado y los castillos, que contrastan con la calidez tropical.

Un viaje, a finales de diciembre, lo lleva al puerto de Veracruz, donde llega el 31 de diciembre; pasa la noche de Año Nuevo en la Ciudad de México con una mezcla de alegría y nostalgia.

A principios de enero permanece en la capital de México hasta tomar el tren; la decadencia del hotel Metropolitano y la Nochevieja llevan a comparaciones: México frente a las ciudades extranjeras, un país vasto y rico que pronto rivalizará con el mundo.

De vuelta en Acámbaro y Morelia, el 2 de enero de 1923, la alegría del reencuentro se mezcla con críticas y preguntas sobre la imagen de los mexicanos en el extranjero.

El autor distingue el viaje teórico del práctico, los antiguos de los modernos, lamenta la decadencia europea frente a la exuberancia americana y ofrece su opinión personal: un periplo enriquecedor pero lleno de desventajas.

Así concluye el relato inédito de Campero Calderón, un testimonio elegante de un michoacano que midió su provincia contra el mundo, dejando una crónica donde la fe, la curiosidad y la añoranza se entretejen con maestría.

Quizá sea hora de que los descendientes de Ángel Campero Calderón, los investigadores michoacanos o cualquier amante de nuestra literatura rescaten esas páginas mecanografiadas del olvido: un editor local, una universidad o una casa familiar podrían convertir este testimonio en libro impreso y devolverle a Morelia una voz que, hace un siglo, ya dialogaba con el mundo entero.

Porque los tesoros culturales de Michoacán no merecen seguir durmiendo en cajones; merecen leerse, compartirse y seguir midiendo nuestro presente contra el vasto horizonte que Ángel Campero Calderón recorrió con ojos de moreliano notable del siglo XX.

Fuente:

Alfredo Carrera López, “Ángel Campero Calderón y El Liceo Michoacano”, tesis, inédita, para obtener el título de Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas, Facultad de Letras, UMSNH, Morelia, Michoacán, 2013; asesor, Raúl Eduardo González Hernández.

Jorge Orozco Flores, editó “Coloquio de circunstancias con Gaspar Aguilera” de Raúl Mejía, Morelia, 2018.