En entrevista, el artista michoacano asegura que la emoción es el motor esencial para su oficio creativo
Víctor E. Rodríguez Méndez
Mizraim Cárdenas es un entusiasta michoacano que respira arte en cada trazo, un discípulo fiel del legendario Alfredo Zalce que convirtió la lección del maestro en un compromiso de por vida con la tierra, la memoria y la gente. Nacido y criado en la pura cepa de Michoacán, Mizraim Cárdenas Hernández (Morelia, Michoacán, 1971) se formó en Artes Visuales en la Universidad de Guadalajara, pero fue bajo la mirada de Zalce donde encontró su voz: el dibujo preciso, el grabado en buril que corta como un recuerdo profundo, la pintura que abraza y la escultura que se yergue como testimonio.
No se considera heredero directo ni seguidor del maestro michoacano, sino alguien formado para encontrar su propio camino: “Me educó para tener búsqueda propia, no para emular”.
Multidisciplinario incansable, Mizraim ha dejado huella en murales públicos, en talleres que viajan hasta comunidades migrantes, y en exposiciones que hablan de raíces y migración. Se define como eterno aprendiz: busca autenticidad, diálogo social y un eco colectivo en el arte, sin fórmulas fijas. Su taller es espacio de energía creativa hasta altas horas, donde la línea del buril sigue tejiendo puentes entre pasado, presente y comunidades.
Mizraim Cárdenas es uno de los artistas visuales más representativos de la escena michoacana contemporánea. Grabador especializado en buril, pintor, escultor, muralista e ilustrador ocasional, su trayectoria se define por una versatilidad que evita el encasillamiento: “En ocasiones soy más escultor que grabador, otras más pintor que escultor. Depende de las etapas y los proyectos. No me encasillo en una sola disciplina, según el proyecto y el momento creativo en que me encuentro”, explica.
Inició su formación formal a los 16 años, en 1987, bajo la tutela del maestro Alfredo Zalce, con quien estudió dibujo, grabado y pintura durante una década. Esa década no fue solo técnica: fue una inmersión en el “oficio” del arte —palabra que Zalce prefería a “artista”—, en la vida cotidiana del taller y en el sentido social profundo de la creación. “El mayor aprendizaje fue el fin social del arte. Y que todo tiene un propósito, incluso un florero decorativo; hay que darle sentido ideológico y generar diálogo con el espectador”, recuerda Cárdenas.
Las críticas severas, pero privadas, de Zalce —que incluían viajes por la historia del arte para explicar un error en un cielo o un pincel— forjaron en él una disciplina exigente y una visión crítica. “Aprendí de él, sobre todo, el amor al oficio, nunca dejar de buscar la obra maestra, aunque quizás el camino entero sea la obra maestra. También su sátira para bajarnos los humos, recordarnos que el arte es oficio, como la artesanía popular. Eso ayudó a ver el entorno social más amplio”, refiere.
Y la vida en el taller: “La cotidianidad, la experiencia viva que se ha perdido en muchas enseñanzas actuales”.
Mizraim reconoce que no le pesa la asociación constante con el artista patzcuarense. “Zalce no formó seguidores de su escuela, sino artistas con visión propia. Agradezco su enseñanza para encontrar mi camino. Menciono mucho al maestro por agradecimiento y porque aún no se ha descubierto del todo su dimensión: artística, intelectual, histórica. Participó en la LEAR, el Taller de Gráfica Popular, las misiones culturales… Merece ser más que un nombre en museos o calles; una referencia viva para generaciones”.
La meditación del grabado
Dedicado a la producción plástica desde hace más de 30 años, su producción abarca más de 100 exposiciones colectivas desde 1987, 40 individuales y nueve murales en espacios privados y públicos (como la Facultad de Farmacobiología y Economía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo), así como ocho esculturas monumentales en espacios públicos, entre las que se encuentra la escultura en placa de hierro para conmemorar el centenario de la Universidad Michoacana, El ciclista constelar en el bajo puente de salida a Mil Cumbres de Morelia y tres esculturas para el bulevar Martí-Mercado de La Piedad.
Ha incursionado en residencias internacionales (BilbaoArte, 2004) y colaborado con maestros como Gilberto Aceves Navarro, Gabriel Macotela y Antonio Díaz Cortés.
Entre las distinciones que ha obtenido se encuentra el premio en grabado del Encuentro Estatal de Pintura y Estampa Efraín Vargas en Morelia y el premio en grabado de la I Bienal del Pacífico en Acapulco (1998). También ha sido acreedor a tres becas del Sistema Estatal de Creadores (1997, 2001 y 2008), además de ser socio fundador de la Asociación de Artistas Visuales de Michoacán y de la Fundación Cultural Alfredo Zalce. (2002).
Fue director del Museo de Arte Contemporáneo Alfredo Zalce (MACAZ). Actualmente es profesor de tiempo completo en la Licenciatura en Arte y Diseño de la Escuela Nacional de Estudios Superiores (ENES) Morelia-UNAM, donde ve la docencia como “una gran responsabilidad”, según dice. “No solo enseñas, aprendes y respondes a las necesidades formativas de las generaciones. Es otra área de aprendizaje constante. Busco que lo que enseño tenga impacto social actual”.
El grabado —especialmente el buril— ocupa un lugar central en su obra por su capacidad de generar estados meditativos y narrativas densas en formatos pequeños (promedio 12x14 cm). “Es meditativo: lentes de aumento, aislamiento total. Permite enfocarte en un microespacio y crear una narrativa”, describe.
Para Mizraim, con su complejidad, el grabado ofrece recursos muy fluidos, técnicas directas e indirectas, tradicionales y contemporáneas con apoyo tecnológico. “Me fascinan los estados emocionales que genera. En cambio, pintar exige distancia, movimiento. Cuando me atranco o aburro en una obra, pauso y regreso con otros ojos; a veces simplemente no es el camino y hay que borrarla”.
Pero su proceso es siempre previo al soporte: parte de bocetos, dibujos y reflexiones intuitivas. “No improviso en la placa; todo debe estar resuelto antes”. Y la emoción, dice, es el motor esencial: “Es lo que me regresa al taller, lo que hace que el tiempo vuele hasta la una de la mañana. Si falta emoción, cambio de disciplina para no caer en fórmulas repetitivas”.
Abunda al respecto: “Necesito sentir que estoy aprendiendo algo nuevo, generando algo distinto. Incluso en un trabajo por encargo busco que haya emoción genuina, que surja de estudios previos hasta llegar a algo que realmente quiero expresar, sea una obra pública, personal o una edición de grabados”.
El taller, por tanto, es un espacio muy significativo en su producción. Es esa energía creativa que hace que el tiempo vuele. “No se trata de time is money”, asegura. “Un grabado en buril puede requerir mucha fineza y detalle, pero si hay emoción, el proceso fluye. Por eso soy difícil de catalogar: trabajo simultáneamente en pintura, escultura y varios grabados (buril, xilografía, linóleo…). Busco empatar esa emoción con lo que quiero plasmar, siempre partiendo de dibujos y bocetos resueltos previamente”.
Cárdenas no busca fórmulas ni la “obra maestra” definitiva —sabe que podría volverse repetición—. Prefiere el camino: el eterno aprendiz que, desde el taller, sigue buscando autenticidad, diálogo social y esa energía creativa que surge de observar lo cotidiano —una barda rota, un anuncio urbano, un pez endémico— y transformarlo en crítica y belleza.
En este sentido, Mizraim reitera ser partidario de lo intuitivo en cuanto a lo que nutre sus ideas y proyectos. “Todo es intuitivo y de registro”, señala. “Llevo una libreta de bocetos en la que anoto lo que veo en la ciudad, pero no son dibujos literales: los deformo, los reconstruyo desde otra visión”.
La ciudad y lo orgánico
Sus temas orbitan la ciudad y lo orgánico: arquitectura formal y vernácula, sátira urbana, ecología, naturaleza amenazada. Cada vez más, la migración y la memoria colectiva ocupan el centro. Proyectos como Sueños migratorios, Tempestades y naufragio o la gráfica binacional colaborativa con comunidades michoacanas en Estados Unidos (en alianza con la Federación de Clubes Michoacanos en Illinois y la ENES) buscan un eco colectivo.
En un Michoacán marcado por la migración y la resistencia cultural, Mizraim Cárdenas construye puentes con el buril, recordando que el arte, como el oficio, es un paso a paso colectivo hacia algo mayor. Reconoce que no busca establecer un discurso artístico sobre la identidad nacional. “Antes buscaba una identidad ideológica explícita en mi trabajo. Ahora prefiero que surja de forma natural, auténtica, de mi personalidad y forma de ver las cosas. Saber quién soy realmente implica enfrentarme a mí mismo”.
Por ello, hoy se interesa más en ser parte de un contexto social: cómo los proyectos permiten expresar frustración, coraje, indignación; sobre todo, con la migración, que ha vivido de cerca. Apunta: “Busco trabajar de manera colectiva, porque una voz sola tiene menos impacto que un eco colectivo. Regresamos a procesos tradicionales como el grabado —el del Taller de Gráfica Popular, que denunciaba— sin emular, sino adaptándolo a nuestro tiempo y ojos contemporáneos”.
Esta dimensión social y comunitaria fue clave en su reciente distinción: el Premio Estatal de las Artes Eréndira 2025 en Artes Visuales, el más alto reconocimiento cultural de Michoacán. Propuesto por la Federación de Clubes Michoacanos en Illinois, el galardón valora no solo su producción individual —grabados finos, pinturas, esculturas, instalaciones como Residencial Posada del Sur (MACAZ, 2025), que critica la urbanidad caótica con sátira posadiana— sino su compromiso con la comunidad migrante y el tejido de redes gráficas binacionales.
“No me cambió la vida, pero es un reconocimiento al trabajo social y al compromiso con lo que ocurre. Me emociona, pero es un agradecimiento a la comunidad de artistas michoacanos y migrantes”, afirma, y concluye: “Nos ha permitido vernos como grupo fuerte, con inquietud por dar discurso a temas como la migración. También refuerza la necesidad de exigir mejores políticas culturales en Michoacán: más galerías, mercados, espacios para la plástica local”.
La exposición Residencial Posada del Sur de Mizraim Cárdenas, con grabados y maquetas, continúa en el MACAZ hasta finales de febrero de 2026. En tanto, el artista prepara nuevos proyectos colectivos sobre migración y gráfica colaborativa.
Víctor Rodríguez, comunicólogo, diseñador gráfico y periodista cultural.