En colaboración con Nicolas, realizan una serie infinita de fotografías: el fotógrafo y su musa artista nos invitan a observar el resultado de su amoroso juego: naturaleza-cuerpo-arte
Cultura. Ella es tan única como su nombre: Yanieb Fabre. En 1983, al nacer, su padre le puso su nombre y lo plasmó en una novela que le dedicó, en la que Yanieb es la heroína. Hija de artistas, se nutrió desde el vientre del arte, de la cultura y, sobre todo, de la libertad de ser.
Yanieb Fabre se formó en artes visuales en México pero hace más de una década que vive en París y, desde hace algunos años, también en Córcega.
Su primera formación fue en el teatro, y eso se refleja de diversas maneras en gran parte de su obra, sobre todo en el performance y en sus piezas en Super 8, en las que ella —al igual que en la novela que le escribió su padre— es la protagonista: ya sea como heroína, como antiheroína o como una simple mujer que corre en busca de sí misma y al hacerlo, se transforma en una yegua salvaje, como en su pieza Cheval / Nahual, del 2013.
Sin pretenciones ni poses innecesarias, me recibe en su recién remodelado departamento en París, que comparte con su pareja, el fotógrafo Nicolas Berloty. Pequeña y delicada en apariencia, en el arte se convierte en una mujer de fuerza descomunal. “Yo creo porque de otra manera ya no estaría en este mundo”, dice. “Es solamente amar lo que estoy haciendo y sentirme un poquito bien; es todo”.
Me intriga la diversidad de sus lenguajes. Esta condición multidisciplinaria no responde a una tendencia, sino a la necesidad de encontrar el soporte adecuado para cada idea: paisajes casi abstractos que, por instantes, parecen reconocibles, se desdibujan en texturas y las texturas, a su vez, remiten a paisajes internos más que a geografías concretas. Dibujos que se expanden hasta convertirse en códices saturados de color, poblados de personajes y figuras híbridas, de flora y fauna de atmósferas fantásticas. A estos códices vuelve una y otra vez a lo largo del tiempo, incluso a pesar de rechazarlos, como si una fuerza superior se manifestara a través de ella para crear estos mundos orgánicos.
Digna discípula de Teo Hernández, cineasta experimental michacano que vivió y murió en París —simbólicamente hablando—, en sus obras en Super 8 explora el cuerpo, no necesariamente como figura humana, sino como territorio donde coexisten lo animal y lo humano. Ella cruza ese límite con primitivas danzas eróticas para convertirse en Nahual cada que lo necesita. Humana-nahual-animal-vegetal. Camina desnuda, trota, se mece con el viento junto a la hierba, se confunde con el mar, con la roca.
En colaboración con Nicolas, realizan una serie infinita de fotografías: el fotógrafo y su musa artista nos invitan a observar el resultado de su amoroso juego: naturaleza-cuerpo-arte. No se trata de representar el cuerpo, sino de tensionarlo, fragmentarlo, llevarlo hacia estados liminales donde lo humano comienza a desdibujarse. Al ver su obra me pregunto qué tan cerca estamos cada uno de nosotros de nuestros respectivos Nahuales, y estoy segura de que, tristemente, la mayoría jamás se ha convertido en un lobo ni en un pájaro. Qué pena.
Un ejemplo contundente de esta línea de investigación es su pieza Cómo devenir en animal en 10 pasos, una instalación fílmica compuesta por diez proyecciones simultáneas realizadas en formato Súper 8, un soporte originalmente concebido para uso doméstico, pero que fue adoptado por cineastas amateurs para generar una estética distinta, más íntima y menos controlada que la del video.
Yanieb retoma ese carácter para construir una obra donde el dispositivo mismo —los proyectores, el loop, la repetición— forma parte del discurso. Cada cinta despliega un movimiento: una suerte de mutación corporal.
En sus palabras, la pieza funciona como un “manual fílmico”, un instructivo para trazar un camino gestual entre lo real y lo imaginario, entre lo racional y lo irracional.
Sus libros de artista me hipnotizan: cada página es una historia construida con papelitos brillantes encontrados en la playa, trozos de empaques, collages, dibujo, pintura o texto. Son, al final, diarios visuales: íntimos, poéticos, en constante transformación.
En paralelo, su serie Paisajes marca otro momento clave en su trayectoria. Presentada en el Jardín Escultórico Juan Soriano en Owczarnia, en los suburbios de Varsovia, esta exposición profundiza en su interés por trabajar con la naturaleza como agente activo. “Pinté un lienzo, lo dejé sobre la playa, con rocas encima, y al buscarlo ya no estaba. Tres meses después, la encontré por casualidad y, al verlo, el resultado me encantó”. Aquí, la pintura deja de ser un gesto exclusivamente humano para convertirse en una superficie de interacción: el sol decolora, la lluvia desplaza, el tiempo reescribe.
“El material siempre ha sido importante para mí. Me interesa trabajar con los elementos naturales, entre la representación y la presentación, y con esta forma pienso que no solo represento un paisaje, también está presente el mar en la obra”. El resultado no es una imagen controlada, sino una superficie intervenida por fuerzas externas, en la que la artista renuncia parcialmente a la autoría. Fabre introduce la incertidumbre como método. La obra ya no es solo lo que la artista decide, sino también lo que ocurre fuera de su control.
En paralelo, su interés por lo ritual y lo sonoro se ha manifestado en proyectos como La Tizne, una instalación multimedia que explora los ritos funerarios desde una perspectiva poética, más cercana a la experiencia sensorial que a la representación literal.
Pero su trabajo no se limita al circuito museístico o a la experimentación en espacios naturales. También ha incursionado en intervenciones en espacios comerciales, llevando su lenguaje a otros públicos. Un ejemplo de ello se encuentra en El Palacio de Hierro Coyoacán, donde diseñó el arte de las escaleras eléctricas. Lejos de ser un gesto decorativo, la intervención propone un recorrido visual que acompaña el desplazamiento del cuerpo. En ese contexto, su obra mantiene una coherencia conceptual: incluso en un espacio de consumo, Yanieb ofrece un portal hacia un mundo fantástico.
Hay algo profundamente honesto en su manera de trabajar. No intenta resolver las contradicciones que plantea; las mantiene abiertas. Resulta difícil clasificar su trabajo en una sola categoría. No pertenece del todo a la abstracción ni a la figuración; tampoco se inscribe por completo en una línea conceptual o material. Su fuerza está en ese lugar intermedio, en ese borde donde las definiciones se vuelven insuficientes.
Lo que la define no es una forma específica, sino una actitud frente al hacer: una disposición a perder el control, a dejar que la obra ocurra. “La dicotomía está implícita en todo lo que hago. La luz y la sombra que conviven en mí se manifiestan inevitablemente en mis piezas. Es duro transitar constantemente entre estados de ánimo extremos, sí, pero también tiene algo profundamente hermoso”.
Quizá ahí radica su mayor potencia: en recordarnos que el arte no siempre consiste en decir algo, sino en crear las condiciones para que algo —incierto, frágil, irrepetible— suceda.
Erandi Avalos, historiadora del arte y curadora independiente con un enfoque glocal e inclusivo. Es miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte Sección México y curadora de la iniciativa holandesa-mexicana “La Pureza del Arte”. erandiavalos.curadora@gmail.com