Alfonso García Robles, nacido en Zamora, Michoacán de Ocampo; se convirtió en el primer mexicano en ser reconocido con el Premio Nobel de la Paz en 1982

Marisa Barbosa Serrato

Hace una semana, exactamente el martes pasado, a las 6:06 de la mañana en horario de Washington, el mundo leyó uno de los mensajes que, sin lugar a duda, ha sido la amenaza más aterradora que hemos leído en las últimas décadas, el presidente de Estados Unidos, publicó en sus redes sociales: “Esta noche morirá toda una civilización, para no volver jamás” … terminando su terrible amenaza con un “Dios bendiga al gran pueblo de Irán”.

Esta amenaza que publicó en sus redes sociales, presentada, con el mismo nivel de banalidad con la que diariamente, se pudiera compartir, una selfie, la foto de tu comida o de tu perro; logró mantener a todo el mundo, durante horas, con elevados niveles de angustia, por el supuesto ataque que realizarían las fuerzas armadas estadounidenses, a la población civil iraní; reviviendo así, el terrible miedo a la bomba nuclear.

Durante casi cinco décadas, periodo que ahora nombramos como: la Guerra Fría, la humanidad aprendió a vivir con él miedo constante, al pensar que, en cualquier momento, alguna de las grandes potencias en conflicto: Estados Unidos o la Unión Soviética, se enfrentarían bélicamente y decidieran utilizar su armamento nuclear.

Misiles atómicos en el Caribe.

Lo más cercano a ese escenario, fueron los catorce días que se vivieron en 1962, durante la “Crisis de los misiles” en Cuba, como contexto para refrescar este pasaje, después de la Revolución cubana, Fidel Castro decide alinearse al bloque de la Unión Soviética, lo cual encendió las alarmas de los Estados Unidos, sin embargo, lo que hizo que todo se prendiera fuego, fue cuando el gobierno de John F. Kennedy, descubrió con fotografías captadas por un avión espía, instalaciones de misiles nucleares que la Unión Soviética estaba construyendo en la isla, bajo sus narices.

Afortunadamente la guerra nuclear, nunca pasó, después de obligarse a poner la cabeza en hielos, John F. Kennedy y Nikita Khrushchev, sabiamente decidieron negociar y acordaron el desarme de las instalaciones, tanto en Cuba por parte de la Unión Soviética, como las bases estadounidenses instaladas en Turquía.

Dichas negociaciones, no fueron determinadas pensando en el beneficio de la humanidad, estos acuerdos, los debemos entender, como una estrategia militar más, la cual se basa en el concepto de la “Destrucción Mutua Asegurada”, lo que quiere decir que, en caso de una guerra entre potencias con armamento nuclear, nadie ganaría, ya que ambas partes se aniquilarían en ese escenario.

El Tratado de Tlatelolco

Inmediatamente al término de la “Crisis de los Misiles”, en 1963, el cuerpo diplomático mexicano, encabezado por el jurista, ex canciller y michoacano Alfonso García Robles, presentaron como propuesta, lo que pasaría a la historia como el Tratado para la Proscripción de las Armas Nucleares en América Latina firmado en 1967. Nuevamente México, a través de su cuerpo diplomático le presentaba al mundo, una propuesta pacifista, donde se generaba, la posibilidad de vivir en un mundo, sin la amenaza constante de la destrucción asegurada por armamento nuclear.

El 14 de febrero de 1967 en el barrio de Tlatelolco, -donde en ese momento se encontraba la Cancillería- catorce países de América Latina y el Caribe, firmaron el Tratado de Tlatelolco, con el objetivo primordial de prohibir el armamento nuclear en la región. Fue así como América Latina se convirtió en la primera zona, densamente poblada, libre de armas nucleares.

Alfonso García Robles, nacido en Zamora, Michoacán de Ocampo; se convirtió en el primer mexicano en ser reconocido con el Premio Nobel de la Paz en 1982, su consciencia por transmitir a las potencias mundiales la importancia del desarme, lo llevó a presidir la delegación de México, durante las Sesiones del Comité de Desarme en Ginebra, Suiza; donde sin lugar a duda, orgulloso presentó ante el mundo, la postura de América Latina frente al problema de las armas nucleares.

Gracias al arduo trabajo de México y los países Latinoamericanos que le acompañaron, después de años, el 1 de julio de 1968, fue firmado en Londres, Moscú y Washington el Tratado de No Proliferación de las Armas Nucleares; acuerdo clave para prevenir la expansión de armas nucleares, promover el uso pacífico de la energía nuclear y caminar eventualmente en el desarme.

Se que algunas de las noticias nacionales e internacionales, pueden provocarnos sentir desesperanza, sin embargo, recordemos que, en los momentos de mayores crisis humanas, paralelamente también nacen grandes procesos de esperanza a través de la cooperación.

 Por qué, siendo honestos, pensándolo en retrospectiva, quién podría pensar que un pacifista michoacano, pudiera haber soñado y trabajado toda su vida para regalarle a México y al mundo entero, un lugar mejor donde vivir.

marisa.ofinternacional@gmail.com