Ceder estados a la oposición evitará que el desgaste local tenga efectos directos en el movimiento nacional y en la imagen de la presidenta.
EMILIANO MEDINA
Ni venganza ni perdón, una amistad al filo del poder (2025) es el libro escrito por Julio Scherer Ibarra, en colaboración con el periodista Jorge Fernández Menéndez, que muestra elementos que seguirán siendo tema de conversación cuando se haga alusión a un régimen político. No es para menos, son pocas las ocasiones en las que se rompe la cuarta pared y al elector se le confiesa con tal claridad que el fin último de cualquier político es llegar al poder. “En política el éxito lo justifica casi todo”, dijo Julio Scherer Ibarra en una entrevista con Denisse Maerker. La frase es devastadora.
La democracia es mucho más que acudir a votar a las urnas; el fin último de un sistema democrático es evitar la concentración del poder del Estado en manos de un solo grupo o individuo. Una democracia funcional implica también la construcción de un sistema de instituciones que funcionen, que garanticen transparencia, que aseguren el cumplimiento de procesos, que castiguen a quienes no siguen las reglas.
Otra parte central del sistema democrático son las elecciones. Estas, son la materialización de que efectivamente, el poder reside en el pueblo. No obstante, su celebración genera incentivos perversos para todos los actores que buscan competir en el sistema. Quienes resultan electos no necesariamente son los idóneos para el cargo; muchas veces, son los más populares o los que consiguieron los mejores arreglos. En gran parte, el poder es de los futbolistas como Cuauhtémoc Blanco, de los líderes sindicales como Napoleón Gómez Urrutia y de las familias de políticos como los Yunes en Veracruz y los Monreal en Zacatecas.
De poco servirá seguir construyendo un proyecto político nacional, si en lo doméstico la selección de perfiles incapaces genera problemas de gobernabilidad. Cuauhtémoc Blanco es un excelente ejemplo, pero no es el único. La ambición por el cargo no concibe contemplar que, perder ayuda a Morena. Una oposición competitiva legitima al régimen en turno. ¿No es más conveniente ceder el control de algunos estados, antes que apoyar a pésimos cuadros internos?
Ceder estados a la oposición evitará que el desgaste local tenga efectos directos en el movimiento nacional y en la imagen de la presidenta. Además, incluso puede ser una estrategia para deslindarse de estados que políticamente son desgastantes; ceder responsabilidades a una oposición que tampoco ha demostrado argumentos serios para gobernar. ¿O es que la presidenta imaginará seguir compartiendo responsabilidades en Sinaloa, al lado de personajes del tipo de Rocha Moya? ¿de Layda Sansores en Campeche? ¿Gobernaría con Salgado Macedonio en Guerrero?
Considero que, si existe algo cercano a una enseñanza en el libro de Scherer Ibarra y Fernández Menéndez es que la concentración de poder es desgastante cuando los resultados son desastrosos. No hay a donde hacerse ni a quién culpar. La losa del desgaste la carga la presidenta, mientras la mayoría de los gobernadores relucen por su ineficiencia y no ocultan su ambición. Me parece, que antes de asegurar el control, una variable de cara al 2027 será si no conviene cortar de tajo la posibilidad de que lleguen nuevos pesos muertos al movimiento.
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