TRANSFORMANDO

“La diferencia entre un líder y un heredero
se descubre cuando llegan las derrotas”

Efectivamente no son iguales, uno se apellida López Obrador el otro López Beltrán, uno es Andrés Manuel el otro es Andy, si el primero hubiera tenido el respaldo y el cargo de secretario de organización, se hubiera adueñado del partido, Andy sumó fracasos en Coahuila y Veracruz, sin poder capitalizar el apoyo de su papá.

El gran logro que se le imputa, es la afiliación de más de 10 millones de personas, sin embargo, ese logro es mayormente por el manejo clientelar de la actual presidenta de Morena, Ariadna Montiel, con la Secretaría del Bienestar y el padrón de beneficiarios de programas sociales.

El 7 de junio hay elecciones en Coahuila, se disputan 25 cargos legislativos, deberíamos preguntarnos, si Andy logró un padrón de más de 10 millones de afiliados, debería ser muy fácil ganar las elecciones del próximo 7 de junio, sin embargo, irse dos semanas antes, es como cambiar al centro delantero de la selección, dos semanas antes del mundial.

Porque el problema de fondo no es solamente la salida de Andy López Beltrán, el problema es que por primera vez dentro de Morena se comienza a notar algo que durante años fue impensable, el apellido ya no garantiza resultados.

Durante mucho tiempo el obradorismo vivió bajo una lógica simple, la popularidad de Andrés Manuel López Obrador alcanzaba para transferir votos, disciplina y narrativa, el expresidente no sólo construyó un movimiento, también construyó una figura casi imposible de desafiar dentro de su propio partido, pero una cosa era el liderazgo político de AMLO y otra muy distinta era pensar que el capital político era hereditario.

Y ahí está la diferencia central.

Andrés Manuel recorrió el país durante más de veinte años, perdió elecciones, enfrentó desafueros, plantones, burlas mediáticas y aislamiento político. Construyó estructura desde abajo, con operadores territoriales reales y una narrativa de oposición permanente, Andy, en cambio, llegó al centro del poder con el partido gobernando 24 estados, con presupuestos públicos, con programas sociales funcionando como estructura electoral y con gobernadores alineados.

No son iguales porque uno construyó el movimiento y el otro nació dentro de él.

La verdadera pregunta es si la supuesta fuerza organizativa de Andy era auténtica o simplemente una ilusión inflada por el aparato gubernamental, porque afiliar personas no necesariamente significa construir militancia y mucho menos construir identidad política.

En México millones de personas pueden afiliarse a un partido por miedo a perder un apoyo social, por presión territorial o simplemente porque el operador local les pidió una firma, pero eso no convierte automáticamente a esas personas en votantes convencidos, ni en defensores ideológicos de un proyecto.

Por eso la elección de Coahuila se vuelve un termómetro incómodo para Morena, si realmente existe una estructura de más de 10 millones de afiliados movilizados por Andy, el oficialismo tendría que arrasar electoralmente, pero si los resultados no llegan, entonces quedará exhibido que el músculo era burocrático y no político.

Y eso cambia todo hacia el 2027 y el 2030.

Porque además comienza a crecer una tensión silenciosa dentro del oficialismo, la presidenta Claudia Sheinbaum necesita consolidar su propio liderazgo y eso inevitablemente implica desmontar los últimos espacios de control heredados del obradorismo duro, la salida de Andy no parece una casualidad administrativa, parece más bien el inicio de una reorganización interna del poder.

En política las coincidencias casi nunca existen.

Lo más delicado para Morena es que el mito de la invencibilidad comienza a fracturarse, perdieron terreno en estados donde antes avanzaban sin dificultad, comenzaron las disputas internas por candidaturas y ahora incluso el apellido más poderoso del movimiento enfrenta límites políticos reales.

Porque sí, efectivamente no son iguales.

Uno entendía cómo conquistar el poder, el otro apenas está descubriendo que conservarlo es mucho más difícil.

“… El problema no es que Moody’s baje una calificación, el problema es que cada ajuste acerca a México al momento en que muchos fondos internacionales ya no podrán invertir en deuda mexicana y ese día, la ideología deja de importar y las tasas de interés toman el control…”

Es tiempo de los ciudadanos …. ¡¡¡¡que no somos iguales!!!!

El autor es empresario, analista y expresidente de la CANACINTRA en Michoacán.