Morelia, Michoacán

“Perder al hijo para tener a la hija”, un duelo difícil de explicar, y más, de vivir.

Julio lo dice sin rodeos, con la honestidad de quien se atreve a reconocer que el amor no siempre llega acompañado de respuestas inmediatas. Que también hay dudas, aprendizajes y formas de entender la vida que necesitan transformarse.

Es el padre de Lilibeth Romero Madrigal, una mujer trans de 34 años que este martes recibió el Premio al Orgullo Michoacano LGBTTTIQA 2026, en la categoría de emprendimiento, por su proyecto de perfumería sin género.

Pero mientras su hija hablaba de fragancias, de libertad y de los obstáculos que ha enfrentado, Julio se sumó a la conversación para contar su propia historia: la de un padre que también tuvo que aprender.

“Ha sido difícil, pero no imposible. Nosotros amamos mucho a nuestra hija y tiene todo nuestro apoyo”, afirma.

En su familia, explica, el respaldo no se limita a las palabras. Él y su esposa acompañan a Lilibeth y a su nuera, a quienes considera sus hijas, en sus actividades y proyectos.

No oculta que el proceso le costó trabajo. Reconoce que tuvo que desprenderse de expectativas y aprender a mirar a su hija desde una perspectiva distinta.

“Ahora estoy aprendiendo nuevas cosas, sobre todo a reconocer su esencia”, comparte.

Y entonces pronuncia una reflexión que resume lo que ha aprendido en el camino:

“Realmente, pues no importa el sexo, lo que importa es la esencia”.

Su mensaje no pretende presentarlo como un padre perfecto, ni como alguien que siempre supo qué hacer. Su fuerza está precisamente en reconocer que tuvo que aprender, cambiar y comprender.

Por eso, cuando se le pregunta qué les diría a los padres que todavía sienten enojo o rechazo ante la identidad de sus hijas e hijos de la diversidad sexual, responde con una invitación que nace de su experiencia.

“Que se toquen el corazón y la mente, amor y entendimiento”.

Julio considera que muchas veces son los propios padres quienes convierten las diferencias en motivos de rechazo, sin detenerse a pensar en el daño que pueden causar. Frente a ello, propone dejar de juzgar los cuerpos, las decisiones y las identidades, y mirar a las personas por lo que son y por lo que aportan a los demás.

“Yo les aconsejo a todos los padres, con amor y con entendimiento, apoyen a sus hijas”, expresa sin rodeos, sonriendo, con los ojos brillantes del orgullo que siente por Lilí.

La conversación también deja ver que él mismo está dispuesto a romper sus propias barreras. Músico de profesión, trabaja junto con su esposa en un dueto versátil llamado Unicornio, con el que se presentan en Uruapan y distintas comunidades.

Durante la entrevista, además, comparte una faceta que no siempre ha hecho pública: también es lector de cartas del tarot, una actividad que, reconoce, suele ser objeto de prejuicios, “hoy contigo, aquí en la entrevista salgo del clóset”.

Su testimonio se convierte así en una reflexión más amplia sobre las etiquetas que la sociedad coloca a las personas y sobre la necesidad de aprender a respetar aquello que no siempre se comprende.

Para él, acompañar a su hija también ha significado revisar sus propias ideas y permitirse seguir aprendiendo.

Lilibeth, por su parte, habla de sus padres con una gratitud que conmueve. Los considera una bendición en su vida y recuerda que fue su papá quien le enseñó a tocar el piano, una de las primeras semillas de su formación musical.

“Soy bendecida por Dios por esa relación”, dice también al hablar de la vida que comparte desde hace diez años con su pareja.

Y cuando se le pregunta por su padre, su respuesta es espontánea: “Ojalá todos tuvieran un papá como el mío”.

En tiempos en los que muchas personas de la diversidad sexual todavía enfrentan rechazo dentro de sus propios hogares, la historia de Julio no borra las dificultades que vivió. Pero sí muestra que el aprendizaje es posible y que el amor puede convertirse en una decisión cotidiana: escuchar, acompañar y reconocer a la persona que se tiene enfrente.

Su mensaje final no necesita grandes discursos. Basta con volver a sus palabras: corazón y mente; amor y entendimiento.

Porque, como él mismo aprendió al reconocer a su hija, no se trata de imponerle a alguien quién debe ser, sino de aprender a amar a quien ya es.