A veces creemos que la historia y lucha de las mujeres está hecha únicamente de grandes nombres, de marchas memorables, de grandes movimientos colectivos, o de fechas que aparecen en los libros de texto
Mara Rahab Bautista
La química es cambio, y el cambio es la base de tu sistema de creencias. Lo cual es bueno, porque es precisamente lo que necesitamos: gente que se niegue a aceptar el statu quo, que no tenga miedo de enfrentarse a lo inaceptable.
Frase de Lecciones de química, de Bonnie Garmus
Hay días en que alguien entra en la librería buscando "algo ligero". Una novela para descansar la cabeza, para leer antes de dormir o durante un viaje. Siempre sonrío cuando eso pasa, porque sé que algunos de los libros que parecen más sencillos terminan haciéndonos las preguntas más incómodas.
Eso me ocurrió con Lecciones de química, de Bonnie Garmus, un libro que leí cuando aún no terminábamos de asimilar la pandemia por el Covid.
La empecé pensando que encontraría una historia sobre una madre soltera y terminé cerrando el libro con una sensación que todavía me acompaña: los derechos que hoy damos por sentados son mucho más recientes y frágiles de lo que imaginamos.
A veces creemos que la historia y lucha de las mujeres está hecha únicamente de grandes nombres, de marchas memorables, de grandes movimientos colectivos, o de fechas que aparecen en los libros de texto. Pero la literatura tiene otra manera de contar esa historia. Nos la acerca a través de una sola persona. Nos hace habitar su vida, sus frustraciones, sus pequeñas victorias. Y entonces entendemos que detrás de cada derecho conquistado hubo miles de vidas parecidas que lamentablemente lucharon desde su casa, su trabajo, en la mayoría de las ocasiones solas.
Elizabeth Zott, la protagonista de esta novela quiere ser química. Lucha para lograrlo desde la universidad, logra trabajar en un laboratorio, pero no es parte del equipo de investigación, es la asistente, ella no quiere ser "la asistente de". No la mujer que sirve café en un laboratorio. No la que limpia los instrumentos mientras otros firman los descubrimientos. Quiere hacer ciencia. En su casa, en las noches cocina con bases de la química, podríamos decir que su cocina es su laboratorio personal y eso la lleva a tener un programa de televisión “de cocina” marcado por los estereotipos y sexismos más profundos; pero ella, al igual que ha hecho siempre, toma esa oportunidad para enseñar química a través de la tv a mujeres e invitarlas a liberarse los preceptos machistas que les permiten ser libres.
Puede parecer una aspiración sencilla. Hoy pocas personas cuestionarían que una mujer estudie química o dirija una investigación. Sin embargo, la novela nos lleva a principios de los años cincuenta, cuando esa posibilidad todavía encontraba obstáculos en cada pasillo del laboratorio, en cada reunión y en cada escritorio ocupado por hombres convencidos de que el conocimiento también tenía género.
Lo extraordinario de Elizabeth no es que sea un personaje perfecto. Todo lo contrario. Es terca, poco diplomática, demasiado honesta para un mundo construido sobre las apariencias. Es juzgada por ser dura. Nunca aprendió a suavizar lo que piensa para resultar más agradable, y quizá por eso se convierte en un personaje tan poderoso. Mientras leía, más de una vez pensé: ojalá todas hubiéramos respondido alguna vez con esa claridad frente a un comentario machista o una injusticia.
Sin embargo, reducir Lecciones de química a una novela feminista sería injusto. También es una historia sobre la vocación, sobre el duelo, sobre las amistades inesperadas y sobre las formas tan distintas que puede tomar una familia. Es una novela que habla del amor sin idealizarlo y de la maternidad sin convertirla en un destino obligatorio. Incluso el perro, el inolvidable Seistreinta, termina siendo uno de esos personajes que permanecen con nosotros mucho después de cerrar el libro.
Quizá esa sea una de las mayores virtudes de Bonnie Garmus: consigue hablar de temas complejos sin perder el humor. La novela tiene capítulos breves, diálogos ingeniosos y un ritmo que hace muy difícil dejar de leer. Uno avanza con una sonrisa y, de pronto, descubre que está reflexionando sobre la desigualdad, la autonomía o el lugar que todavía ocupan muchas mujeres en espacios donde siguen teniendo que demostrar el doble para obtener la mitad del reconocimiento.
Los libros no cambian el mundo por sí solos. Pero sí cambian conversaciones. Cambian miradas. Nos ayudan a entender vidas distintas de la nuestra y, a veces, nos recuerdan aquello que la costumbre termina borrando.
Por eso sigo recomendando Lecciones de química. No porque sea un fenómeno editorial ni porque haya llegado a la televisión. La recomiendo porque nos recuerda que la igualdad nunca ha sido un punto de partida, sino una conquista. Porque detrás de cada derecho hubo/hay mujeres que insistieron cuando les dijeron que no podían. Y porque, de vez en cuando, hace falta que una novela nos recuerde que la memoria también se aviva leyendo.
Los libros, tan listillos ellos, cuando parece que nos hablan del pasado, en realidad nos están haciendo preguntas sobre el presente.
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