Entrar a las criptas del Templo de San José implica enfrentar de inmediato un ambiente imposible de ignorar: el calor atrapado bajo tierra, la humedad que se pega a las paredes y una oscuridad que obliga a avanzar con cautela. El descenso remite, inevitablemente, al imaginario del cine del terror, aunque aquí no hay ficción ni montaje.
Por Asaid Castro/ACG
Morelia, Michoacán.- En uno de los templos más altos de la ciudad, San José parece vigilar a Morelia desde su posición privilegiada, existe, por así decirlo, un segundo templo que no se ve. No tiene vitrales ni campanas, mucho menos recibe luz directa ni multitudes. Está debajo. Para llegar a él, primero hay que mover una tapa pesada de piedra.
La plataforma que cubre la entrada requiere al menos dos personas para levantarse, pues pesa más de cien kilos. El sacristán José Ávila bromea mientras da indicaciones para moverla: «es para que nadie se salga de ahí abajo», dice con una risa casi escondida. Con el permiso del padre Fernando Trujillo, el acceso se abre y deja al descubierto una boca oscura que conduce a las criptas del templo, uno de los espacios más desconocidos, y ahora restringido, del Centro Histórico de Morelia.
El primer paso hacia abajo cambia la temperatura. El aire se vuelve más denso, se siente la humedad al respirar, mientras entre los pasillos se alumbran con una extensión algo vieja, solo para revelar un pasillo largo lleno de urnas.
El descenso: humedad, angostura y penumbra
Las criptas de San José se encuentran en un desnivel subterráneo, bajo el piso del templo. El acceso es estrecho y hay que agacharse para no acomodarse un golpe. Las paredes se sienten cercanas al cuerpo y el techo, en principio, obliga a avanzar con cautela. No es un espacio cómodo ni pensado para recorridos largos, al contrario, es un sitio que impone respeto desde el primer tramo.
La humedad es constante. Se percibe en el olor, en las paredes y en el piso irregular. El calor se acumula conforme se avanza y la iluminación es mínima, apenas suficiente para distinguir las lápidas y los pasillos; caminar solo ahí abajo no resulta sencillo, pues el silencio pesa y cada paso resuena.
José Ávila explica que el deterioro visible se debe, en gran parte, al paso de un drenaje que corre por debajo del templo, proveniente de la preparatoria número 2. El agua ha ido minando el suelo y las paredes con el paso de los años se han llenado de un hongo blanco que cubre varias urnas.
Las criptas, cuenta, permanecen cerradas la mayor parte del año. Durante mucho tiempo se permitía el acceso a quien lo solicitara, pero la curiosidad mal entendida llevó a destrozos: placas rotas, tumbas abiertas, restos removidos en busca de supuestas joyas. Hoy, solo el 2 de noviembre se permite el ingreso general, y aun así, con restricciones.
Aquí descansan personas que murieron hace más de un siglo. Hay tumbas de jóvenes, adultos, niños y ancianos, la mayoría fechadas en la década de 1920. Algunas conservan bien sus inscripciones; otras apenas dejan leer los nombres y las fechas, erosionadas por el tiempo y la humedad.
Las tumbas más antiguas y el peso del tiempo
Las criptas más viejas no están al fondo, sino pegadas a los muros del templo, en la parte donde los fieles celebran las misas. Ahí se encuentran las sepulturas más antiguas del templo. José Ávila señala una en particular: la tumba más vieja data de finales del siglo XIX (19).
El Templo de San José comenzó a construirse «pasanso el ombligo» de los años mil 700 , explica el sacristán, al señalar que, después de catedral, es el templo más alto en Morelia gracia a sus torres.
Algunos familiares todavía bajan a visitar a sus muertos. En su mayoría son adultos mayores; los nietos, dice, ya también tienen edad. El 2 de noviembre, las criptas se llenan de pasos, flores y murmullos. El resto del año, el lugar permanece cerrado, en penumbra, resguardando su silencio.
Antes de salir, se le pregunta a José si ahí se siente algo extraño. José sonríe. Dice que sí, que se siente, aunque sin aclara qué, pues en realidad no hace falta, echando la imaginación a volar. Al subir, la tapa vuelve a colocarse con esfuerzo. El templo retoma su rutina cotidiana. Arriba, la luz, las bancas, los rezos y poca gente. Abajo, las criptas de San José continúan ahí, ocultas, tensas, húmedas, guardando uno de los secretos menos visibles de la capital michoacana.