Conoce la polémica historia de la icónica fuente de Las Tarascas en Morelia, la censura que sufrieron las figuras originales y su regreso junto al Acueducto.
Miles de personas pasan frente a ellas todos los días. Algunas apenas les prestan atención mientras esperan el cambio de luz del semáforo; otras se detienen para tomarse una fotografía con el Acueducto de fondo. Es también un socorrido punto de reunión para marchas y protestas. Las Tarascas forman parte del paisaje urbano con tal naturalidad que parece imposible imaginar la ciudad sin ellas. Sin embargo, la historia de estas tres mujeres cargando una batea de frutas está marcada por la polémica, la censura, los rumores y hasta una inesperada disputa que dio origen a la icónica fuente de Las Tarascas.
Junto con la Catedral y el Acueducto, Las Tarascas ocupan un lugar privilegiado dentro de los símbolos más reconocibles de Morelia. Su imagen aparece en folletos turísticos, campañas institucionales, fotografías históricas y postales para visitantes. Su presencia ha sido tan constante durante décadas que pocas personas se detienen a pensar que las esculturas actuales no son las originales y que, durante varios años, desaparecieron por completo de lo que alguna vez fue el principal acceso a la ciudad.
La historia comenzó en la primera mitad del siglo XX. La obra fue concebida por el artista michoacano Antonio Silva Díaz y ejecutada por el escultor Benigno Lara. Aunque existen versiones que sitúan su instalación en distintos años de la década de 1930, la fuente de Las Tarascas fue colocada en la glorieta ubicada al final del Acueducto, en una zona que con el paso de los años se convertiría en uno de los puntos más transitados de la urbe. Elaborada con cemento, varillas metálicas y materiales de construcción de la época, la escultura mostraba a tres mujeres indígenas sosteniendo una batea repleta de frutas de la región.
Con el tiempo se popularizó la idea de que las figuras representaban a las princesas purépechas Eréndira, Atzimba y Tzetzangari. Sin embargo, diversos investigadores han señalado que no existe evidencia documental que confirme que esa fuera la intención original de los autores, pero la asociación entre las esculturas y estos personajes históricos terminó consolidándose en la memoria colectiva hasta convertirse en parte inseparable de su relato popular.
La propia palabra “tarasca” encierra una historia particular. Los habitantes del antiguo señorío purépecha nunca se identificaron con ese nombre. El término fue utilizado por los conquistadores españoles y posteriormente se difundió en documentos históricos y estudios académicos. Con el paso de los siglos quedó arraigado en el lenguaje y terminó dando nombre a la fuente de Las Tarascas, la más famosa de la ciudad.
La ubicación también ayudó a construir su fama. Durante buena parte del siglo XX, aquella glorieta funcionó como una de las principales puertas de entrada a Morelia. Los viajeros que llegaban por carretera encontraban primero la silueta del Acueducto y después la imagen de las tres mujeres sosteniendo la batea. Antes de la expansión urbana que transformó la ciudad en las décadas posteriores, aquel punto marcaba para muchos visitantes el inicio simbólico de su llegada a la capital michoacana.
Aparece ‘moralina moral’
La recepción inicial estuvo lejos de ser celebrada de forma unánime. En una sociedad moreliana donde predominaban criterios conservadores sobre la moral pública, la presencia de tres mujeres semidesnudas en uno de los accesos principales de la ciudad provocó críticas e incomodidad entre algunos sectores conservadores. Para una parte de la población, aquellas figuras rompían con la imagen que presuntamente debía proyectar Morelia.
Pese a ello, la fuente de Las Tarascas permaneció durante años. Los habitantes comenzaron a utilizarla como punto de referencia y los visitantes la incorporaron a sus recorridos. Poco a poco, aquello que inicialmente generó controversia terminó integrándose a la identidad visual de la ciudad.
Esto cambió a mediados de la década de 1960. Las autoridades decidieron retirar la obra original. Diversos relatos atribuyen la medida a las presiones de los sectores inconformes con la presencia de las figuras femeninas desnudas. Una de las versiones más difundidas señala que la esposa del entonces gobernador Agustín Arriaga Rivera impulsó las acciones para su remoción al considerarla inapropiada.
El retiro ocurrió sin consulta pública y generó aún más inconformidad entre numerosos habitantes. En lugar de la tradicional fuente de Las Tarascas fue instalada una nueva fuente diseñada por Ángel Díaz. La estructura recibió rápidamente un apodo: El Huarache.
La sustitución no produjo el efecto esperado. La nueva fuente nunca logró establecer el vínculo que los morelianos ya habían construido con las tres mujeres indígenas. Conforme pasaron los meses comenzaron a multiplicarse las expresiones de descontento y las peticiones para recuperar la escultura.
Mientras tanto, el destino de las piezas originales comenzó a alimentar toda clase de versiones. La ausencia de información clara abrió espacio a la especulación. Una de las leyendas más persistentes aseguraba que habían sido enviadas a España para formar parte de una colección privada. Otras sostenían que habían sido vendidas debido al supuesto valor de los materiales utilizados en su fabricación.
La realidad fue otra. Las esculturas nunca abandonaron Morelia. Después de ser retiradas fueron trasladadas a distintos espacios públicos y terminaron instaladas en las instalaciones de la antigua Feria. A diferencia de la réplica actual, aquellas figuras conservaban acabados policromados que reforzaron durante años la creencia de que contenían materiales preciosos o aplicaciones de oro.
Regresan frente al Acueducto
La presión social para recuperar la imagen original continuó creciendo. El tema dejó de ser únicamente una discusión moral para convertirse en un asunto relacionado con la identidad urbana. Para entonces, lo que hoy conocemos como la fuente de Las Tarascas ya había dejado de ser una simple fuente y se había transformado en un símbolo que muchos habitantes consideraban propio.
La decisión gubernamental fue impulsar una nueva versión de la obra. La tarea recayó en el escultor moreliano José Luis Padilla Retana, egresado de la Academia de San Carlos y autor de diversas piezas reconocidas dentro y fuera de Michoacán. Entre sus trabajos figuraba la escultura Toro Bravo, ganadora de un concurso nacional y colocada en el Bosque de Chapultepec.
Su encargo consistía en recrear una imagen profundamente arraigada en la memoria colectiva y devolverla al espacio que había ocupado durante años. El resultado fue una réplica fundida en bronce que retomó la composición de las esculturas originales. La nueva versión fue colocada nuevamente en la glorieta situada junto al Acueducto y terminó convirtiéndose en la imagen que hoy identifica a Morelia.
La escultura de Padilla Retana adquirió una vida propia. Generaciones enteras han crecido con ella como telón de fondo de celebraciones, manifestaciones, caravanas deportivas, eventos culturales y encuentros familiares. Las fotografías de bodas, graduaciones y visitas turísticas comenzaron a incluirla de manera recurrente.
La glorieta, junto al Jardín Villalongín se convirtió en uno de los espacios públicos más utilizados. Para miles de habitantes, dar una ubicación o acordar un encuentro en la fuente de Las Tarascas resulta tan natural como mencionar cualquier calle o plaza de la ciudad.
Desde entonces, las tres figuras observan el tránsito constante de automovilistas, estudiantes, comerciantes y visitantes. A unos metros, el Acueducto mantiene la misma silueta que ha acompañado a Morelia durante siglos. Frente a ellas circulan diariamente miles de personas sin detener a reflexionar que las esculturas que hoy se consideran inseparables de la ciudad alguna vez fueron retiradas por decisión oficial y convertidas en objeto de controversia. En medio del tránsito cotidiano, la fuente de Las Tarascas permanece donde durante décadas insistieron los morelianos que debía estar.
Arved Alcántara / La Voz de Michoacán