Morelia, Michoacán

En el primer disparo me apaniqué, quise correr -y lo intenté-.

No fue el peso de la Glock —una vieja conocida de casi dos décadas— lo que me hizo dudar. Fue el estruendo. Seco, inmediato, envolvente. Mi tiro se perdió entre los disparos de mis compañeros que me flanqueaban. El cuerpo reaccionó antes que la cabeza: di dos pasos hacia atrás con media vuelta. “Me voy a mi casa”, dije.

El capitán Marcó Antonio Barrales, Jefe del Depósito de Armamento de la Policía Morelia y su auxiliar estaban cerca. Su firmeza evitó que saliera disparada. Yo apenas podía procesar instrucciones. De todas, solo dos lograron atravesar el ruido: quita el dedo del disparador… no levantes el arma.

En un intento por darme valor, me insistí: anda ¿cómo desperdiciar la oportunidad? “El que tenga miedo a morir que no nazca”, repetí. Y luego, como mantra personal: de rodillas ante Dios y de pie ante el mundo.

El campo de tiro está lejos de la mancha urbana. Aislado. Ajeno. Rodeado por cientos de llantas que intentan tragarse el estruendo y el impacto de cada bala.

Dos cachorras lo custodian. Una rubia, casi del color del sol. La otra, pispireta, blanca con negro, de ojos inquietos. Ambas ya domesticadas por el sonido de las armas. Les encantan las tortillas.

Aquí entrenan los más de 750 elementos de la Policía Morelia y de algunas otras corporaciones.

El secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, José Pablo Alarcón Olmedo, también dispara. Levanta un rifle de mango desgastado —un R15 que lo acompaña desde hace más de cuatro años— y lo recarga firme en el costado derecho, “su lado bueno”, como enseñan los instructores.

Tenía más de un año sin practicar.

Respira. Se prepara. Veintitrés segundos después, el disparo corta el aire. No se ve la bala, pero sí el resultado: la silueta metálica, al fondo del cerro, se sacude. Le dio.

Sigue. Uno. Dos. Diez tiros. La sonrisa no falla: hay cosas que el cuerpo no olvida, aunque la mente sí.

Yo no pude decir lo mismo.

En el primer intento, el miedo me ganó. Intenté correr. El brazo del capitán me detuvo en seco.

—Vuelva a disparar.

El sonido a mis costados me tenía al límite. “Inhala. Exhala”, me decía, como un rosario mal aprendido.

Y entonces pasó.

Al cuarto tiro, la adrenalina desplazó al miedo. El jalón del arma dejó de importarme. También las risas nerviosas de mis compañeros.

Disparé otra vez. Y otra.

Entendí el error: ese ligero tirón en la muñeca, producto del disparo, me alejaba del centro de mi objetivo. Ajusté la mira. Apunté a la parte baja de la “X” en la silueta.

Disparé.

Esta vez sí le di. Volté con la mirada brillante y la sonrisa extendida hacia el capitán, “así”, me dijo, “otra vez”.

El resto fue historia.

La realidad me golpeó el rostro y la conciencia, porque una cosa es sostener un arma unos minutos, con miedo, con nervio, con instrucciones gritadas al oído y otra muy distinta es hacerlo todos los días, en la calle, sin margen de error porque te va la vida. Recordé a José Luis López Guzmán, el policía caído en cumplimiento del deber y mi corazón se estrujó.

Ahí, entre el estruendo y la pólvora, entendí algo: la diferencia entre opinar sobre la seguridad y cargar con ella. Abismal diferencia.