Mirador Ambiental
No existe una educación que le permita advertir al ciudadano sobre la potencial infamia de los que hacen política o desean hacerla con el apoyo del voto ciudadano. Que jamás se haya formulado, es una decisión estratégica de los malos políticos con poder o no que reconocen que al hacerlo quedarían al descubierto sus miserables motivaciones.
Si esa educación existiera muchas boletas electorales se regresarían en blanco y los partidos políticos entrarían en crisis. Que las virtudes positivas sean las que dominen en el alma de los políticos, es una escasez histórica de la que raramente existe registro. Abundan, al extremo, eso sí, los registros de políticos que subidos a la miserable altura de un ladrillo se han trastornado y han creído que habitan las potestades de Dios.
Las sociedades toman nota de esta tragedia, casi siempre demasiado tarde, hasta que sus políticos han hundido las economías, las han dividido, las han llevado a la guerra, les han robado los recursos públicos, las han entregado al crimen o han cercenado las instituciones y las libertades de la república para quedarse eternamente en el poder.
Todo ciudadano debería saber de memoria, a rajatabla, como se aprenden las tablas de multiplicar, que todo ser humano que ejerce poder, del tamaño que sea, está expuesto a un trastorno de la personalidad conocido como síndrome de Hybris, que significa desmesura y exceso.
Esta distorsión del alma es un trastorno caracterizado por el agrandamiento del ego, el crecimiento del narcisismo, la autopercepción mesiánica, y empuja a las personas a desconectarse de la realidad y a menospreciar la opinión de los demás. A la inmensa mayoría de los políticos les ocurre y enceguecen. El primer paso que dan en esa dirección lo hacen pisoteando la verdad.
Necesitan mentir de manera compulsiva para conectar con las emociones de los escuchas. Y esta es la segunda lección que los ciudadanos deben tener bien aprendida: si el increíble ofrecimiento hecho por el político conectó con las emociones del público, entonces ya se jodió la república. En lo sucesivo su ego crecerá con la misma velocidad que la cantidad de mentiras que necesiten para validar su discurso y fortalecer su narcisismo para sobreponerse a la realidad.
La mayor tragedia de las sociedades modernas es que, por alguna razón, se elige con mayor frecuencia a este tipo de políticos, mentirosos, arrogantes, criminales, ineptos, ególatras y pendencieros. Estas “virtudes” negativas han ganado el aplauso público, aunque luego merezcan repudio y tengan que derribar sus símbolos. La historia está poblada de estos personajes maliciosos, que, al fin de cuentas, han sido construidos y validados por quienes los han llevado al poder.
Las virtudes cívicas positivas del deber, la integridad, la renuncia al poder absoluto, la frugalidad, la coherencia, la aptitud, la humildad y la congruencia, que debieran ser las cualidades arquetípicas de todo político, han sido canceladas por decisión social voluntaria. Este tipo de políticos, sin embargo, sí han existido y sí pueden promoverse como modelos arquetípicos si los ciudadanos quisieran. Pero los ciudadanos tendrían que renunciar a los paternalismos, al populismo, al mesianismo, al facilismo, al regalismo y a la tolerancia de la mentira y su glorificación.
Y es un modelo arquetípico posible porque hay un ejemplo de ello que proviene de la época de la república romana, del año 460 antes de Cristo. Se trata de Lucio Quincio Cincinato, quien siendo un Patricio y habiéndose retirado a la vida privada, en desacuerdo porque el Senado exilió a su hijo bajo la acusación de lenguaje indebido contra los tribunos, demostró que estas grandes virtudes sí pueden practicarse.
Fue llamado por el Senado en un momento en que Roma estaba en crisis para que la salvara de los Ecuos y Volscos otorgándole las facultades ilimitadas de Tirano. En pocos días cumplió con eficiencia su misión, y pudiéndose quedar con el poder en esa coyuntura que era favorable para ese propósito, entregó el poder y regresó a su granja para seguir arando la tierra. Lo volvieron a llamar a la edad de los 80 años, y de nuevo cumplió su misión y a los pocos días regresó el poder al Senado fortaleciendo el horizonte de la república.
En el siglo XVIII existió otro personaje con esas virtudes, que pudiéndose quedar con el poder, proclamándose monarca y hacer uso de los recursos públicos para fortalecerse, optó decidido por retirarse a la vida privada y asegurar el ejercicio de la democracia. Ese personaje fue George Washington y le llamaron el Cincinato americano. Por fortuna no son los únicos casos, existen bastantes en la historia política de la humanidad.
La debilidad humana por la codicia enferma de poder, y la incapacidad, también humana, para reconocer a quienes han sido tocados por la vileza del poder, explica la ruta trágica de la historia de caminar hacia el eterno retorno, a repetir una y otra vez a los dictadores, a los tiranos, a los autoritarios y a los mesiánicos. Parece que estamos condenados a repetir la tragedia y siempre reincidimos después de que la realidad nos golpea y nos orilla a la rebelión. Luego de la rebelión y una nueva etapa de estabilidad, olvidamos las lecciones para encumbrar otra vez a los enfermos de poder.
Tendría que ser una obligación constitucional el que todos los ciudadanos aprendieran a reconocer y a rechazar a los narcisistas tiranos que pierden el piso cuando se montan en un ladrillo y que se esconden atrás de la máscara de salvadores. Eso ayudaría a tener gobiernos sanos y a reducir los costos de los gobiernos autoritarios.
México necesita de muchos cincinatos para dignificar la política y la república, y de muchos ciudadanos capaces de identificar la mentira, aunque duela.
*El autor es analista político, experto en temas de Medio Ambiente, e integrante del Consejo Estatal de Ecología.