Morelia esquivó el fuego cruzado, pero no el temor que paralizó sus calles tras el abatimiento de «El Mencho». Aunque la capital evitó enfrentamientos armados que marcaron a varias regiones, el saldo de cinco vehículos quemados y bancos vandalizados dejó una herida en la tranquilidad de las familias.
Las autoridades municipales y estatales lograron un blindaje efectivo en los accesos, impidiendo que los convoyes delictivos tomaran la ciudad. Es rescatable que, a pesar de la tensión extrema, no se registraron las confrontaciones citadas dentro de la mancha urbana, lo que evitó una tragedia de mayores proporciones.
Sin embargo, el los entes gubernamentales fueron superados por un «auto toque de queda» ciudadano que vació el Centro Histórico y cerró el 95% de los negocios. El temor colectivo dictó las reglas ese domingo, evidenciando que la presencia policial no fue suficiente para dar la certeza demandada.
Cierto, la Policía Morelia estuvo a la altura en la contención de daños mayores, pero los ataques relámpago a las sucursales del Bienestar revelaron grietas en la inteligencia preventiva. Se reaccionó rápido ante el fuego, pero no se pudo evitar que células pequeñas sembraran el caos en puntos estratégicos de la periferia.
Al final, Morelia se mantiene en pie con pérdidas económicas millonarias y aún con dejos de una calma tensa que obliga a replantear parte de la estrategia de seguridad local. Ahora, el reto recuperar la confianza de un porcentaje ciudadano que considera hubo falta de garantías suficientes, tales que optó por el encierro.
