El demoledor sismo institucional que sacudió al INE tras las investigaciones de la Auditoría Superior de la Federación deja una lección tajante para los organismos locales. El Instituto Electoral de Michoacán (IEM) está obligado a poner de inmediato sus barbas a remojar con extrema cautela. El clima nacional exige andar con cuidado en sus operaciones cotidianas. La meta es clara: blindar la gestión financiera para que no exista espacio ni para la más mínima sospecha.
Cierto, aunque hasta el momento las cuentas del IEM se mantienen libres de indicios de corrupción, el horno no está para bollos. Los antecedentes de choques internos por designaciones verticales y la falta de consensos en la era de Selene González Medina adquieren hoy un matiz de alto riesgo. Cualquier resquicio de discrecionalidad o imposición de perfiles será usado como arma política por la oposición local.
La historia reciente juega en contra del órgano electoral michoacano, que ya conoce en carne propia el costo de ser removido por el Consejo General del INE. Con el arranque formal del Proceso Electoral 2026-2027 para renovar la gubernatura, el margen de error se ha reducido a cero. El arbitraje de los comicios exige un blindaje técnico absoluto que disipe cualquier sospecha de colonización externa.
Poner las barbas a remojar implica transitar de la rigidez administrativa a una transparencia radical y una colegialidad auténtica. El escrutinio público no buscará errores menores, sino señales de debilidad institucional en el manejo de los recursos públicos. Conducirse con impecabilidad legal y neutralidad política es la única vía para que el IEM conserve su permanencia y credibilidad.