En Michoacán, políticamente hablando, demasiadas veces el rumor llega a tener más peso que la verdad, de ahí que la presunta aprehensión del ex gobernador Silvano Aureoles Conejo haya despertado a no tan mayoritarios medios de comunicación.
Cierto, no es la primera vez, ni será la última, en que se socialice en el imaginario colectivo dicha captura, aunque la realidad sea otra; hay tanto morbo para que sea así como sed de justicia que raya en la ansiedad social, ante años de carpetazos y silencios procesales.
Y, hablando de realidad, la terca realidad, el ex mandatario michoacano sigue siendo ese prófugo de lujo que, entre la protección de las fronteras y el laberinto de los amparos, le ha ganado la partida al reloj de la procuración de justicia, de corte federal.
El punto neurálgico del espectacular suceso, más allá de la acusación por el millonario recurso que flota en el aire tras la construcción de los famosos cuarteles policiales, está la red de complicidades que aún se respira en la estructura del poder local y nacional.
Y, si, si es paradójico que en tanto sus más cercanos ex colaboradores como Carlos Maldonado Mendoza y Antonio Bernal Bustamante ya conocen la frialdad de las carpetas judiciales, él, Silvano Aureoles, sigue con una capacidad de evasión digna de una novela de espionaje.
Hasta hoy en día, la ficha roja de la Interpol suele parecer un adorno más en un expediente que, a las miradas de los ciudadanos de a pie, se visualiza más como una coreografía política que como una auténtica cacería a quien se considera un objetivo delincuencial.
Lo que nos deja este episodio de especulación es la confirmación de una herida abierta en el territorio michoacano, la de la impunidad como sistema gubernamental. Si, la ley no tiene la capacidad de materializar ese tipo de orden de aprehensión, la cual perdió el brillo de la novedad.
Por el momento, el mensaje para la clase política es evidente y claramente peligroso, se puede medrar, huir y vivir en la sombra de los juzgados, pero la interrogante sigue siendo la misma: ¿cuándo la justicia pasará de la retórica del “borrego” a la realidad de la sentencia?.
