Los comerciantes hacen a la ciudad, la llenan de recuerdos y afectos

Adriana Sáenz Valadez, colaboradora La Voz de Michoacán

¿De qué están hechas las ciudades? Una plaza que se camina, los árboles añosos que brindan fresco, unas hojas verdes; otras, amarillas, que crujen al pisarlas. Los troncos gruesos evidencian los muchos vientos que les han abrazo. Los payasos pintan sonrisas. La niña corre, sin poder dejar de seguir, la figura brillante, colorida, que vuela. El globo se sostiene en el aire y atrae la mirada absorta de las niñeces, que nunca se cansan de jugar con él. La mujer se sienta en el banquillo del que con humor la recrea. La mirada del pintor dialoga con el lápiz que ironiza y alegra. Ella se atreve a reír con la caricatura que la imita, la destaca y la satiriza. Los boleros ofrecen sus servicios. Estar limpios y brillantes es la recompensa que reciben los zapatos después de tanto caminar las vías de la vida. Algunos puestos patinan la ciudad; otros, están contenidos en la caja del bolero que transita las calles ofreciendo su magnífico trabajo.

Está el puesto de los juguetes. Una pulsera, un carro, una pistola de agua, los dulces, todos cuelgan de las rejas. Algunos los miramos con una sonrisa; otros, le jalan la mano a la mamá, a la abuela para que les compre ése rojo; no, mejor el amarillo. Viene caminando la señora con las figuras de colores y de azúcar. Rosa, azul, morado, todos atractivos, todos deliciosos. Arrancar a pedazos el material, tan ligero, tan pegajoso que deja los dedos azules. La huella del disfrute.

II

Los comerciantes hacen a la ciudad, la llenan de recuerdos y afectos. Uxue Alberdi, escritora vasca, en La trastienda, publicado en 2022 por Consonni, se hace preguntas importantes ¿Quiénes son los vendedores? ¿Cómo es su vida? ¿Qué patrones utilizan para elegir los productos? ¿Cómo se relacionan con el barrio, con la ciudad?

La escritora vasca escribe una crónica, una ficción de crecimiento de la transformación de las jóvenes en viejas. Del barrio, de sus habitantes, que se modifican. De la ciudad que permanece, muta, deviene. En 1978, dos hermanas abren una tienda. Es mágica. Una sabe coser; la otra, bordar. Aman la lectura y la música. A partir de esos saberes, se incorporan a la ciudad. Desde ese comercio híbrido, se vuelven moléculas del barrio. Las personas que ingresar a su tienda-taller-librería se vuelven parte de lo que las conforma. Es una relación dialógica. Tienen nombre, ocupación, identidad.

A manera de metáfora de la vida, dos espacios integran el comercio: la tienda y el almacén... Una, el lugar público donde se cortan las telas, se hilvanan las piezas, se acomodan los libros. Arriba, los de feminismo; en otro espacio, los cuentos en euskera, más abajo, los textos para niños. Más allá, los diccionarios. Ahí se conoce a cada cliente. Quien paga, quien pide fiado y paga de apoco, cuando paga. La que compró más de dos mil aretes que no se puso, pero que le sirvió para ir y platicar, para tener arraigo, para sentirse parte. La que compró libros de autoayuda que no leyó, pero a la que apilarlos le hizo sentirse bien. La amiga que apoyó a envolver regalos en Navidad.

En otra sección está la ropa, comprada teniendo en mente el gusto de cada clienta. Las hermanas saben sus habilidades y desde ahí se complementan. Compran juntas, pero una sabe qué libros; la otra, conoce los gustos para la ropa. Han hecho de su comercio un lugar donde son ellas. Y desde ahí brindan un espacio para convivir y crearse. Conocen los gustos de los clientes. Platican de su familia, de la salud. Acompañan las alegrías y los duelos. Cosen disfraces para el festejo y para la vida. Vestidos de mariposa, de brindis y de duelo. Bordan nombres, identidades, alegrías y afectos. Son mujeres que en el transcurrir modifican su entorno y se transforman ellas.

El comercio forma parte de la ciudad. Arriba, vive el señor que vende hierbas para curar, cerca está el banco y, un poco más allá, el café, donde van a tomar una copa de vino y a platicar. En la tienda conversan con los clientes, le dedican tiempo a cada uno de ellos. Le sugieren qué libro adquirir, comparten qué novela les ha gustado y la nueva caminata que harán. Hilo a estambre, puntada a aguja, tela a vida, el negocio se encarna en el barrio. Desde él la vida, la tecnología, las personas, se van modificando. Inician conversando sobre gustos literarios, hacia el final, los libros se sugieren vía whats. Las madres compran el material escolar y los libros, acorde a la lista que las maestras les envíen por ese medio. Al inicio, se llevaba la lista de precios y compras en un cuaderno; al final, es una computadora la que indica las ventas.

Es un lugar de puertas abiertas. Sin importar el frío, el abrazo de las dueñas y de la tienda está abierto al barrio. Incorporan la tecnología, se pagan un salario módico, trabajan más de ocho horas diarias, se mueven todo el día y sus frecuencias cardíacas se coordinan con la alegría de lo que bridan y reciben.

En la trastienda, se vive a otra velocidad. Ahí es el espacio de los amigos, de las pláticas, del bordado y la costura. Se hacen pancartas a favor del aborto (las personas se manifiestan hasta que se hace legal). Feministas de acción y de convicción política participan por los derechos de las mujeres, reconocen que no son “amas de casa”, que cuando los hijos se enferman ellas no están en casa, están en la tienda. Platican con los amigos, discuten de política, aprenden euskera por convicción, abrazan a los amigos que fueron a la cárcel, planean las escaladas que harán. Saben de la solidaridad con el barrio, con los amigos, de relevancia de la autonomía femenina.

Las protagonistas tienen una cuadrilla de amigas. Hacen escaladas al monte todos los martes. Cuidan a la amá (madre): una, va en la mañana a vestirla; la otra, le lleva la comida. Se hacen cargo de sus plantas y la llevan a la tienda en donde le gusta comprar. Incluso le dan pequeñas tareas para que se integre y se sienta parte de su mundo.

Los maridos han comprendido que la tienda son ella. Existen sólo porque son una unidad. Ahí se bordan corazones. A veces, a máquina. Cuando se necesita más delicadeza, a mano. Se unen piezas de colores y se hacen disfraces para el día en que se vayan a lucir. Desde esa comprensión, que entre todos han ido construyendo, pueden disfrutar la vida acompañada y el trabajo que a cada quien le produce realización.

Mantienen una posición política sobre lo que venden y lo que no. Han entendido que el feminismo también paga y desde ahí actúan. Venden libros feministas, discos contestatarios. Mantienen la unión entre los comerciantes del barrio y asumen las decisiones colectivas.

Ellas van cambiando. Antes, corrían un maratón; ahora, tienen que dar pasos hacia atrás para observar la ciudad. Toman pausas físicas y metafóricas. Desde ese transcurrir, han observado los cambios. Han incorporado un escaparate. En él están presentes la relación perspectiva, iluminación, color y convicción ético-política. Anuncian los productos, pero siempre, siempre incluyen libros. Son una tienda múltiple, pero, sobre todo, una librería.

Los cambios también han llevado a que la calle se modifique, a que disminuyan las ventas o huela a orines por la proliferación de bares. Algunos amigos ya no les hablan porque no están de acuerdo con algunas decisiones. Otros, han fallecido. El aita (papá) y la amá ya no están, pero él vive en sus pinturas y ella, en sus palabras.

Entre la efervescencia y movimiento del espacio público, la plática y discusión del privado, han pasado los días. Cada noche, la tienda apaga sus luces para renacer al día siguiente. Sus vidas están ahí. Ofrecen convivencia, plática, interés, afectos, bordados. Recuerdos para todos.

Adriana Sáenz es doctora en Humanidades, trabaja en la Facultad de Filosofía de la UMSNH y usa toda trinchera para desestabilizar las opresiones: desde la academia, la calle, el pensamiento, el amor, la escritura, la irreverencia.